Primero la inercia. Segundo las sombras. Finalmente vino la noche y el poblado recupero su vida fantasma. Las casas aguardaban, preparaban su rebeldía de obrero empobrecido sobre el glacial de polvo, muerte y sal que se extendía ad-infinitum.
El pino oregon crujía comprimido por el frío de la pampa enorme y vacía. En cada pórtico pequeñas luces azuladas indicaban el camino de regreso al final de los senderos que descansaban apenas dibujados sobre la arena tibia. A través de el padres e hijos emergían empujados sutilmente por las fuerzas invisibles, casi gravitatorias, del fin de jornada.
Detrás de la puerta 1206-C, Felix Sebastian, mas conocido como El Negro, sacudió con cuidado paquidérmico la arena radioactiva de sus botas. Tres calles mas alla, en dirección al socavón, Matilde preparaba la comida mientras su marido arrancaba de su cuerpo de lagarto curtido los guijarros que penetraban, como por una osmosis perversa, las cuatro capas de alpaca y nylon que vestía.


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