atarceder

Primero la inercia. Segundo las sombras. Finalmente vino la noche y el poblado recupero su vida fantasma. Las casas aguardaban, preparaban su rebeldía de obrero empobrecido sobre el glacial de polvo, muerte y sal que se extendía ad-infinitum.

El pino oregon crujía comprimido por el frío de la pampa enorme y vacía. En cada pórtico pequeñas luces azuladas indicaban el camino de regreso al final de los senderos que descansaban apenas dibujados sobre la arena tibia. A través de el padres e hijos emergían empujados sutilmente por las fuerzas invisibles, casi gravitatorias, del fin de jornada.

Detrás de la puerta
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